La nueva dirección es www.elreprobo.com.ar
viernes 18 de abril de 2008
jueves 3 de abril de 2008
Flor K cuesta abajo en mini Cooper
Pese a desaparecer del ranking de popularidad virtual de Yahoo!, el sitio ofrece como búsqueda predeterminada por debajo de la barra del buscador, la opción “Mini Cooper de Florencia K”. ¿Cuál es el interés de Yahoo! en demostrar la ostentosidad de la más pequeña de la familia K? ¿No serán golpistas?
Ver...¿Las tetas de Naza venden más que las de Cristina?
Hace 23 días, Florencia Kirchner figuraba como la más buscada en Yahoo!. Hoy, la más pretendida es Nazarena Vélez. Y sin haber aparecido en la pantalla chica aún, Bailando por un sueño está séptima. Por debajo de ellas, en el octavo y noveno escalafón, la Presidente y el paro agrario, respectivamente. ¿El botox de la Presidenta no vende?
Ver...miércoles 2 de abril de 2008
García Márquez sobre las Malvinas
El domingo 3 de abril de 1983, con motivo del primer aniversario de la guerra de Malvinas, el periodista y escritor Gabriel García Márquez publicó un artículo en el periódico colombiano El Espectador, donde contó algunas de las atrocidades de la intentona bélica argentina. Estos son algunos pasajes de la nota.
“Un soldado que regresaba de las islas Malvinas al término de la guerra llamó a su madre por teléfono desde el Regimiento I de Palermo, en Buenos Aires, y le pidió autorización para llevar a casa a un compañero mutilado cuya familia vivía en otro lugar. Se trataba -según dijo- de un recluta de 19 años que había perdido una pierna y un brazo en la guerra y que además estaba ciego. La madre, feliz del retorno de su hijo con vida, contestó horrorizada que no sería capaz de soportar la visión del mutilado y se negó a aceptarlo en su casa. Entonces el hijo cortó la comunicación y se pegó un tiro: el supuesto compañero era él mismo, que se había valido de aquella patraña para averiguar cuál sería el estado de ánimo de su madre al verlo llegar despedazado.”
(…)
“A muchos (soldados) tuvieron que arrancarles la piel gangrenada junto con los zapatos y 92 tuvieron que ser castrados por congelamiento de los testículos, después de que fueron obligados a permanecer sentados en las trincheras. Sólo en el sitio de Santa Lucía, 500 muchachos se quedaron ciegos por falta de anteojos protectores contra el deslumbramiento de la nieve.
Con motivo de la visita del Papa a Argentina, los ingleses devolvieron 1.000 prisioneros. Cincuenta de ellos tuvieron que ser operados de las desgarraduras anales que les causaron las violaciones de los ingleses que los capturaron en la localidad de Darwin. La totalidad debió ser internada en hospitales especiales de rehabilitación para que sus padres no se enteraran del estado en que llegaron: su peso promedio era de 40 o 50 kilos, muchos padecían de anemia, otros tenía brazos y piernas cuyo único remedio era la amputación y un grupo se quedó interno con trastornos psíquicos graves.”
A continuación, la nota entera.
LAS MALVINAS, UN AÑO DESPUÉS
Gabriel García Márquez
El Espectador. 3 de abril de 1983
Un soldado argentino que regresaba de las Islas Malvinas al término de la guerra llamó a su madre por teléfono desde el Regimiento I de Palermo en Buenos Aires y le pidió autorización para llevar a casa a un compañero mutilado cuya familia vivía en otro lugar.
Se trataba según dijo de un recluta de 19 años que había perdido una pierna y un brazo en la guerra, y que además estaba ciego. La madre, feliz del retorno de su hijo con vida, contestó horrorizada que no sería capaz de soportar la visión del mutilado, y se negó a aceptarlo en su casa. Entonces el hijo cortó la comunicación y se pegó un tiro: el supuesto compañero era él mismo, que se había valido de aquella patraña para averiguar cuál sería el estado de ánimo de su madre al verlo llegar despedazado.
Esta es apenas una más de la muchas historias terribles que durante estos últimos doce meses han circulado como rumores en la Argentina, que no han sido publicadas en la prensa porque la censura militar lo ha impedido, y que andan por el mundo entero en cartas privadas recibidas por los exiliados. Hace algún tiempo conocí en México una de esas cartas, y no había tenido corazón para reproducir algunas de sus informaciones terroríficas. Sin embargo, revistas inglesas y norteamericanas celebraron este dos de abril el primer aniversario de la aplastante victoria británica, y me parece injusto que en la misma ocasión no se oiga una voz indignada de la América Latina que muestre algunos de los aspectos inhumanos e irritantes del otro lado de la medalla: la derrota argentina. La historia del joven inválido que se suicidó ante la idea de ser repudiado por su madre, es apenas un episodio del drama oculto de aquella guerra absurda.
Ahora se sabe que numerosos reclutas de 19 años que fueron enviados contra su voluntad y sin entrenamiento a enfrentarse con los profesionales ingleses en las Malvinas, llevaban zapatos de tenis y muy escasa protección contra el frío, que en algunos momentos era de 30 grados bajo cero. A muchos tuvieron que arrancarles la piel gangrenada junto con los zapatos y 92 tuvieron que ser castrados por congelamiento de los testículos, después de que fueron obligados a permanecer sentados en las trincheras. Sólo en el sitio de Santa Lucía, 500 muchachos se quedaron ciegos por falta de anteojos protectores contra el deslumbramiento de la nieve.
Con motivo de la visita del Papa a la Argentina, los ingleses devolvieron mil prisioneros. Cincuenta de ellos tuvieron que ser operados de las desgarraduras anales que les causaron las violaciones de los ingleses que los capturaron en la localidad de Darwin.
La totalidad debió ser internada en hospitales especiales de rehabilitación, para que sus padres no se enteraran del estado en que llegaron: su peso promedio era de 40 ó 50 kilos, muchos padecían de anemia, otros tenían brazos y piernas cuyo único remedio era la amputación, y un grupo se quedó interno con trastornos psíquicos graves.
“Los chicos eran drogados por los oficiales antes de mandarlos al combate”, dice una de las cartas de un testigo. “Los drogaban primero a través del chocolate, y luego con inyecciones, para que no sintieran hambre y se mantuvieran lo más despiertos posible”. Con todo, el frío a que fueron sometidos era tan intenso que muchos murieron dormidos. Tal vez fueron los más afortunados porque otros murieron de hambre tratando de extraer la pasta de carne que se petrificaba dentro de las latas. En este sentido, mucho es lo que se sabe sobre la barbarie de la logística alimenticia que los militares argentinos practicaron en las Malvinas. Las prioridades estaban invertidas: los soldados de primera línea apenas si alcanzaban a recibir unas sardinas cristalizadas por el hielo, los de la línea media recibían una ración mejor, y en cambio los de la retaguardia tenían a veces la posibilidad de comer caliente.
Frente a condiciones tan deplorables e inhumanas, el enemigo inglés disponía de toda clase de recursos modernos para la guerra en el círculo polar. Mientras las armas de los argentinos se estropeaban por el frío, los ingleses llevaban un fusil tan sofisticado que podía alcanzar un blanco móvil a 200 metros de distancia, y disponían de una mira infrarroja de la más alta precisión. Tenían además trajes térmicos y algunos usaban chalecos antibalas que debieron ocasionarles trastornos mentales a los pobres reclutas argentinos, pues los veían caer fulminados por el impacto de una ráfaga de metralla, y poco después los veían levantarse sanos y salvos y listos para proseguir el combate. Las tropas inglesas estaban una semana en el frente y luego una semana a bordo del “Canberra”, donde se les concedía un descanso verdadero con toda clase de diversiones urbanas en uno de los parajes más remotos y desolados de la Tierra.
Sin embargo, en medio de tanto despliegue técnico, el recuerdo más terrible que conservan los sobrevivientes argentinos es el salvajismo del batallón de “gurkhas”, los legendarios y feroces decapitadores nepaleses que precedieron las tropas inglesas en la batalla de Puerto Argentino. “Avanzaban gritando y degollando”, ha escrito un testigo de aquella carnicería despiadada. “La velocidad con que decapitaban a nuestros pobres chicos con sus cimitarras de asesinos era de uno cada siete segundos. Por una rara costumbre, la cabeza cortada la sostenían por los pelos y le cortaban las orejas”. Los “gurkhas” afrontaban al enemigo con una determinación tan ciega que de 700 que desembarcaron sólo sobrevivieron setenta. “Estas bestias estaban tan cebadas que una vez terminada la batalla de Puerto Argentino, siguieron matando a los propios ingleses hasta que éstos tuvieron que esposar a los últimos para someterlos”.
Hace un año, como la inmensa mayoría de los latinoamericanos, expresé mi solidaridad con Argentina en sus propósitos de recuperación de las Islas Malvinas, pero fui muy explícito en el sentido de que esa solidaridad no podía entenderse como un olvido de la barbarie de sus gobernantes. Muchos argentinos e inclusive algunos amigos personales, no entendieron bien esta distinción. Confío, sin embargo, en que el recuerdo de los hechos inconcebibles de aquella guerra chapucera nos ayude a entendernos mejor. Por eso me ha parecido que no era superfluo evocarlos en este aniversario sin gloria. Como nunca me parecerá superfluo preguntar otra vez y mil veces más junto a las madres de la Plaza de Mayo dónde están los ocho mil, los diez mil, los quince mil desaparecidos de la década anterior.
martes 1 de abril de 2008
D'Elía odia a los Kirchner
Según las numerosas declaraciones que el piquetero Luis D’ Elía dio en su paseo mediático de los últimos días, aseguró que odia a los ricos, una categoría en la que entrarían el matrimonio presidencial y muchos funcionarios del Gobierno que defiende.
Ver...miércoles 26 de marzo de 2008
Piquete VIP
Llama la atención que ante 14 días ininterrumpidos de cortes de ruta sean pocos los que cuestionen la metodología del piquete, una forma de protesta que en el pasado fue duramente criticada, incluso por muchos de los que hoy apoyan la actitud de los productores agropecuarios.
Ver...lunes 24 de marzo de 2008
El mundo del revés
Hoy se cumplen 32 años del comienzo de la dictadura más sangrienta de la historia argentina. El gobierno kirchnerista dispuso en 2006 que el 24 de marzo sea feriado nacional e inamovible. En un país en el que no se recuerda a las personas por la fecha de su nacimiento sino por la de su muerte, no resulta ilógico que el "Día Nacional de la Memoria por la Verdad y la Justicia" se celebre el mismo día en que Videla y compañía llegaron al poder.
Ver...lunes 17 de marzo de 2008
La hora réferi
El domingo los argentinos durmieron una hora más. Los sesenta minutos de sueño que habían perdido durante el último diciembre con el fin de aprovechar más la luz solar y ahorrar energía les fueron devueltos. La pregunta es si el pequeño esfuerzo valió la pena o si podría haberse aplicado mejor, pese a no generar pérdidas nivel global.
Si bien en varias provincias, traducido en criollo, “de la mitad del mapa para abajo”, seguramente deben haber ahorrado energía, en el norte es difícil creer que haya pasado lo mismo. Allí, el calor es sofocante y “estirar el día” lo único que genera son aumentos en el uso de aire acondicionados y ventiladores, que cada día consumen más energía. La venta de equipos de aire acondicionado, según cifras del INDEC, fue el rubro dentro de los electrodomésticos que más aumentó el año pasado. La suba fue de un 114 por ciento con relación a 2006.
Un estudio de FUNDELEC de 2007 señala que los nuevos equipos de refrigeración demandarán “600 MW adicionales de potencia, que equivalen a la mitad de la producción de la central hidroeléctrica El Chocón”, según informó iEco en noviembre del año pasado. Por otro lado, en febrero de este año, la presidenta Fernández de Kirchner anunció que, como consecuencia de las medidas oficiales, el ahorro energético había sido de 600 MW, o, lo que es lo mismo, que el ahorro sólo sirvió para poner en funcionamiento alrededor de 1 millón de equipos de aire acondicionado nuevos.
Visto así, parecería que en algunas zonas se tendría que haber tomado la medida contraria, es decir, retrasar la hora para “achicar el día” y economizar el uso del aire acondicionado. Dividir al país en dos zonas podría haber sido una medida más coherente y no debería haber llamado la atención ya que en muchos países funciona así.
Los ñoquis no soportan el calor
En concordancia con el plan de ahorro energético del gobierno nacional, varias provincias modificaron, por ejemplo, el horario de la administración pública al retrasar su funcionamiento una hora. Lo que no encaja con el plan es que en prácticamente todos los edificios del Estado se utiliza el aire acondicionado desde el preciso momento en que alguna persona entra en las oficinas hasta que la última se retira. Y si bien en algunos lugares se racionalizó el uso, en la mayoría no fue así. Basta acercarse a cualquier dependencia oficial de la región de Cuyo o del norte argentino para comprobarlo. Y ni que hablar de las muñecas de aquellas mujeres que apelaron a los abanicos.
domingo 16 de marzo de 2008
El caso Aldo Moro 30 años después
Las sorprendentes declaraciones del psiquiatra estadounidense Steve Pieczenik al diario La Stampa, de Turín, en el sentido de que 30 años atrás manipuló al grupo terrorista Brigadas Rojas para que asesinara al político democristiano Aldo Moro, podrían ser una densa cortina de humo para ocultar a los verdaderos autores intelectuales de aquel crimen que conmovió a Italia y que se sabe fue planificado por la organización anticomunista conocida como Gladio.
Pieczenik, que se presenta como experto en antiterrorismo y es autor de algunas novelas de espionaje de dudosa calidad, dijo que tres décadas atrás viajó a Roma como enviado del entonces presidente James Carter para negociar con los secuestradores de Moro. Se encontró con un país “a punto de desestabilizarse”, pero –según su increíble opinión– la muerte del cautivo evitó que “la economía italiana se hundiera”.
Aldo Moro fue secuestrado el 16 de marzo de 1978 cuando se dirigía a una sesión extraordinaria del Congreso. Tras 52 días de cautiverio, su cadáver acribillado a tiros apareció el 9 de mayo en el baúl de un coche estacionado en el centro de Roma, a mitad de camino entre el local de la Democracia Cristiana y la sede del Partido Comunista. Fue un mensaje claramente mafioso: por gestiones de Moro, las dos agrupaciones se habían aliado coyunturalmente en el llamado “compromiso histórico” para afrontar la crisis económica y política que afectaba al país.
Desde el final de la Segunda Guerra Mundial y durante 32 años el dirigente asesinado había ocupado sucesivos cargos de importancia en el gobierno italiano: diputado de la Asamblea Constituyente en 1946, secretario general de la Democracia Cristiana en 1959, ministro de Justicia, ministro de Instrucción Pública y primer ministro en 1963-1968 y 1974-1976.
Las declaraciones de Pieczenik a tres décadas del asesinato del ex primer ministro Aldo Moro resultan un poco sospechosas: desde hace años se sabe que el crimen fue inducido por la red Gladio, un grupo secreto creado en Italia al término de la Segunda Guerra Mundial por iniciativa de la CIA y el respaldo de diversos servicios de inteligencia europeos.
El ex primer ministro italiano Giulio Andreotti reveló el 24 de octubre de 1990 que durante la Guerra Fría (1948-1991) existió en Italia una red clandestina en la que participaban ex nazis, neofascistas, militares y logias secretas como Propaganda Dos (P-2), que realizaban ataques terroristas que se pudieran atribuir a grupos anarquistas y las Brigadas Rojas, organización de ultraizquierda a la que lograron infiltrar y manipular.
En septiembre de 1991, un juez instructor de Venecia, Felice Casson, descubrió que el general Paolo Inzerilli, ex jefe de inteligencia militar, había sido el cabecilla de Gladio entre 1974 y 1986. El oficial confesó que las armas y explosivos utilizados en los atentados se guardaban en cuarteles de los carabineros y del ejército.
El 15 de julio de 1993, el juez Agostino Córdova, del tribunal de Palmi (Calabria), aseguró –luego de reabrir el caso y con documentos en la mano– que “desde el secuestro de Moro hasta la desintegración de la Democracia Cristiana fueron por decisión de una triada de poderes: CIA, mafia y masonería”. Investigaciones posteriores demostraron que esta “internacional negra” fue responsable en Italia de los atentados de Piazza Fontana (1969), Peteano (1972) y la estación de trenes de Bolonia (1980), además del asesinato de Aldo Moro en 1978.
Todas estas operaciones clandestinas contaban con el respaldo de la logia P-2, en la que participaban 14 generales del ejército, nueve generales de carabineros, nueve almirantes, cuatro generales de aviación, seis ministros, 63 funcionarios de diversos ministerios, 60 dirigentes políticos, 18 jueces y procuradores, 83 grandes industriales y varios obispos del Vaticano.
Entre los empresarios vinculados a la P-2 figuraba Giovanni Agnelli, fallecido en 1993, dueño de la Fiat y del diario La Stampa. Quizá no sea casual que el peculiar psiquiatra-novelista Steve Pieczenik haya elegido precisamente ese periódico para asumir la ruidosa –y poco convincente– responsabilidad pública del asesinato de Aldo Moro.
FUENTE: Bambú Press
Crónica de una masacre, 40 años después
La mañana del 16 de marzo de 1968, tres compañías de la 11ª Brigada de Infantería del Ejército norteamericano iniciaron una operación de búsqueda y destrucción en el área de My Son. El objetivo era el 48º Batallón del Vietcong que, según los servicios de inteligencia, tenía su base en una aldea conocida en los mapas militares con el nombre de My Lai-4.
Se comenzó lanzando un ataque de helicópteros. No encontraron resistencia en la zona de aterrizaje y, por lo tanto, el capitán Ernest Medina envió a las secciones 1ª y 2ª al poblado. Al ver la llegada de los norteamericanos algunos aldeanos comenzaron a correr y fueron abatidos a tiros. La 2ª sección arrasó la mitad norte de My Lai, arrojando granadas dentro de las chozas y matando a todo lo que saliera de ellas. Violaron y asesinaron a las jóvenes del poblado, rodearon a los civiles y los mataron.
Mientras tanto, la 1ª sección, bajo las ordenes del teniente William L. Calley Jr., arrasó la zona sur de My Lai, disparando a todo el que intentaba escapar, asesinando a otros con las bayonetas, violando mujeres, matando el ganado y destruyendo los cultivos y las casas. Los sobrevivientes fueron apiñados dentro de una acequia de desagüe. En ese momento, el teniente Calley abrió fuego contra los indefensos aldeanos y ordenó a sus hombres que hicieran lo mismo. Descargaron una lluvia de balas sobre aquella montaña de carne humana hasta que todos los cuerpos quedaron completamente inmóviles. Entonces, como por milagro, un niño de dos años salió gateando entre los cuerpos, llorando. Calley lo empujó y disparó sobre él.
Media hora más tarde la 3ª sección entró en acción para terminar de "liquidar al enemigo”. Mataron a los sobrevivientes heridos para evitarles el sufrimiento, quemaron las casas, dispararon sobre el ganado que aún quedaba vivo y sobre cualquiera que intentara escapar; luego reunieron a un grupo de mujeres y niños y acribillaron sus cuerpos con balas de M16.
En total murieron 347 personas, todos ellos ancianos, mujeres y niños desarmados. El capitán Medina informó que habían contado 90 cuerpos de Vietcong no civiles. El oficial de prensa de la división anunció que se había dado muerte a 128 enemigos, detenido a 13 sospechosos ¡y capturado 3 armas!
Era un día más en Vietnam.
El problema fue que dos periodistas, el fotógrafo Ronald Haeberle y el periodista del Ejército Jay Roberts, habían sido asignados a la sección de Calley. Y habían sido testigos de la masacre. Gradualmente, las noticias se fueron divulgando. Los hombres de la Compañía C pregonaban orgullosos su victoria en My Lai. Los Vietcong distribuyeron panfletos denunciando aquella atrocidad y el Ejército investigó con indiferencia los rumores de la masacre, que se habían extendido a través de toda la cadena de mando, pero se decidió que no había fundamentos suficientes para una investigación. Se consultó a algunos miembros de la Compañía C. A medida que llegaban los informes, la euforia inicial se iba diluyendo y muchos de los que tomaron parte en ella comenzaron a preguntarse cómo podrían vivir con aquello que habían hecho cuando volvieran al "mundo". Sabían que no podían tomar ninguna medida sin provocar que se les acusara de asesinato.
Seis meses más tarde y unos dieciocho meses después de la matanza, el teniente Calley fue acusado de asesinato.
Calley era un muchacho normal. Un tasador de seguros de San Francisco que se dirigía a su Miami natal, donde había sido alistado, cuando se quedó sin dinero en Albuquerque y decidió enrolarse allí mismo. Recibió la instrucción básica en Fort Bliss (Texas), fue a la escuela de administración en Fort Lewis (Washington) y luego a la escuela de oficiales en Fort Benning (Georgia), donde hizo muy poco que le distinguiera. Se graduó sin saber leer correctamente un mapa. Antes de partir, le pidieron que pronunciara un discurso de tres minutos sobre "Vietnam, nuestro anfitrión". Dijo que las tropas norteamericanas no debían insultar o faltar el respeto a las mujeres y que debían ser corteses, pero el resto fue muy confuso.
No le bastó esa deficiente instrucción para enfrentarse a aquel vacío moral llamado Vietnam.
Se encontró que no era capaz de controlar a sus propios hombres ni de resistir la creciente presión de sus superiores para los recuentos de víctimas. El problema era que ni él ni sus hombres conseguían encontrar ningún Vietcong.
Calley había visto otras atrocidades: soldados norteamericanos que mataban a civiles para probar su puntería o sólo por divertirse. Había oído hablar de helicópteros aburridos que se alquilaban para realizar cacerías humanas, y de soldados aburridos que iban a "cazar ardillas" en zonas civiles. Había visto a soldados norteamericanos que se disparaban sin ninguna razón y sabía que se lanzaban granadas lacrimógenas en los dormitorios de los oficiales.
Pero, a pesar de toda esa violencia gratuita, Calley sabía que tenía una misión que cumplir. El gobierno de Estados Unidos le había enviado a Vietnam por una razón: él estaba allí para detener el comunismo. No sabía exactamente qué era el comunismo, sólo sabía que era algo malo.
"Yo veo a los comunistas de la misma forma que los sureños ven a los negros", dijo en una entrevista. "El haber matado a aquella gente en My Lai no me obsesiona en absoluto. No lo hice por el placer de matar. En realidad, no estábamos allí para matar seres humanos, sino para matar una ideología defendida por, no lo sé, piezas, bultos, trozos de carne. Yo no estaba en My Lai para destruir hombres inteligentes, estaba allí para destruir una idea intangible".
Incluso deseaba haber podido disparar contra la ideología sin tocar las cabezas de los hombres. Por otra parte, no era él quien en realidad lo hacía. "Yo personalmente no maté a ningún vietnamita aquel día, quiero decir personalmente. Estaba representando a los Estados Unidos de Norteamérica, mi país". Calley creía firmemente que debía poner el deber hacia su país por encima de su propia conciencia. Incluso le preocupaba que se mataran ancianos, mujeres y niños. El había oído que las mujeres arrojaban granadas, los niños colocaban las minas y las chicas llevaban AK-47. Además, cuando los niños crecían se convertían en Vietcong, como sus padres. ¿Y dónde estaban los hombres? ¿Una aldea llena de niños sin hombres? Sus padres debían ser Vietcong.
De cualquier modo, lo que él había hecho ¿era acaso peor que arrojarles bombas de 400 Kg o freírlos con napalm? También la bomba atómica había matado mujeres y niños en Hiroshima. ¿Por qué estaban armando tanto alboroto aquellos malditos yankees en Washington?
Como muchos militares norteamericanos, Calley finalmente dejó de creer en la guerra. Llegó a dudar del razonamiento de que se debía detener el comunismo en Vietnam antes de que se extendiera a Tailandia, Indonesia, Australia y, finalmente, Estados Unidos. El sabía que los Vietcong estaban conquistando el corazón y la mente de los vietnamitas. Los vietnamitas no querían la ayuda norteamericana, no les importaba la democracia, el totalitarismo, el capitalismo o el comunismo. Lo único que querían era que los dejaran en paz.
El juicio de Calley dividió al país en dos. Los que estaban a favor de la guerra decían que sólo había cumplido con su deber. Los que estaban en contra afirmaban que Calley no era más que un chivo expiatorio, puesto que masacres como la de My Lai ocurrían todos los días, y que eran Jonson, McNamara y Westmoreland quienes debían sentarse en el banquillo. El 80% de los encuestados estaban en contra de su condena.
El jurado salió de la sala el 16 de marzo de 1971, el día del tercer aniversario de la masacre de My Lai, y estuvo deliberando durante dos semanas. Lo declararon culpable de asesinato de un mínimo de 22 civiles. Fue sentenciado a cadena perpetua y trabajos forzados. Más tarde la pena se redujo a 20 y luego a 10 años. Finalmente, fue liberado el 19 de noviembre de 1974, después de cumplir sólo tres años y medio de arresto domiciliario.
Los cargos de asesinato premeditado y de ordenar una acción ilegal -homicidio- en contra de las órdenes de su superior, el capitán Ernest Medina, se redujeron a homicidio impremeditado por no haber sabido mantener bajo control a sus hombres. Como el jurado no creía que Medina estuviese realmente enterado de lo que estaban haciendo sus hombres en My Lai, no le llamaron a declarar.
Se presentaron cargos contra 12 oficiales y soldados más. Sólo cinco fueron llevados a juicio, ninguno fue condenado. Una docena de oficiales, entre los que se encontraba el comandante de la división de Calley, fueron acusados por su participación como encubridores. Ninguno fue declarado culpable.
Calley está convencido de que cumplió con su deber ante Dios y ante la patria; que fue un hombre fiable, leal, servicial, atento, amable, obediente, alegre, valiente, ahorrador, limpio y respetuoso.
Cuarenta años después, parecería que la cosa no ha cambiado tanto. Debía tener razón Einstein cuando decía: "No entiendo cómo algunos creen que haciendo las mismas cosas, se puedan esperar resultados distintos".
FUENTE: Agenda de Reflexión