domingo, 16 de marzo de 2008

Crónica de una masacre, 40 años después

La mañana del 16 de marzo de 1968, tres compañías de la 11ª Brigada de Infantería del Ejército norteamericano iniciaron una operación de búsqueda y destrucción en el área de My Son. El objetivo era el 48º Batallón del Vietcong que, según los servicios de inteligencia, tenía su base en una aldea conocida en los mapas militares con el nombre de My Lai-4.
Se comenzó lanzando un ataque de helicópteros. No encontraron resistencia en la zona de aterrizaje y, por lo tanto, el capitán Ernest Medina envió a las secciones 1ª y 2ª al poblado. Al ver la llegada de los norteamericanos algunos aldeanos comenzaron a correr y fueron abatidos a tiros. La 2ª sección arrasó la mitad norte de My Lai, arrojando granadas dentro de las chozas y matando a todo lo que saliera de ellas. Violaron y asesinaron a las jóvenes del poblado, rodearon a los civiles y los mataron.
Mientras tanto, la 1ª sección, bajo las ordenes del teniente William L. Calley Jr., arrasó la zona sur de My Lai, disparando a todo el que intentaba escapar, asesinando a otros con las bayonetas, violando mujeres, matando el ganado y destruyendo los cultivos y las casas. Los sobrevivientes fueron apiñados dentro de una acequia de desagüe. En ese momento, el teniente Calley abrió fuego contra los indefensos aldeanos y ordenó a sus hombres que hicieran lo mismo. Descargaron una lluvia de balas sobre aquella montaña de carne humana hasta que todos los cuerpos quedaron completamente inmóviles. Entonces, como por milagro, un niño de dos años salió gateando entre los cuerpos, llorando. Calley lo empujó y disparó sobre él.
Media hora más tarde la 3ª sección entró en acción para terminar de "liquidar al enemigo”. Mataron a los sobrevivientes heridos para evitarles el sufrimiento, quemaron las casas, dispararon sobre el ganado que aún quedaba vivo y sobre cualquiera que intentara escapar; luego reunieron a un grupo de mujeres y niños y acribillaron sus cuerpos con balas de M16.
En total murieron 347 personas, todos ellos ancianos, mujeres y niños desarmados. El capitán Medina informó que habían contado 90 cuerpos de Vietcong no civiles. El oficial de prensa de la división anunció que se había dado muerte a 128 enemigos, detenido a 13 sospechosos ¡y capturado 3 armas!
Era un día más en Vietnam.
El problema fue que dos periodistas, el fotógrafo Ronald Haeberle y el periodista del Ejército Jay Roberts, habían sido asignados a la sección de Calley. Y habían sido testigos de la masacre. Gradualmente, las noticias se fueron divulgando. Los hombres de la Compañía C pregonaban orgullosos su victoria en My Lai. Los Vietcong distribuyeron panfletos denunciando aquella atrocidad y el Ejército investigó con indiferencia los rumores de la masacre, que se habían extendido a través de toda la cadena de mando, pero se decidió que no había fundamentos suficientes para una investigación. Se consultó a algunos miembros de la Compañía C. A medida que llegaban los informes, la euforia inicial se iba diluyendo y muchos de los que tomaron parte en ella comenzaron a preguntarse cómo podrían vivir con aquello que habían hecho cuando volvieran al "mundo". Sabían que no podían tomar ninguna medida sin provocar que se les acusara de asesinato.
Seis meses más tarde y unos dieciocho meses después de la matanza, el teniente Calley fue acusado de asesinato.
Calley era un muchacho normal. Un tasador de seguros de San Francisco que se dirigía a su Miami natal, donde había sido alistado, cuando se quedó sin dinero en Albuquerque y decidió enrolarse allí mismo. Recibió la instrucción básica en Fort Bliss (Texas), fue a la escuela de administración en Fort Lewis (Washington) y luego a la escuela de oficiales en Fort Benning (Georgia), donde hizo muy poco que le distinguiera. Se graduó sin saber leer correctamente un mapa. Antes de partir, le pidieron que pronunciara un discurso de tres minutos sobre "Vietnam, nuestro anfitrión". Dijo que las tropas norteamericanas no debían insultar o faltar el respeto a las mujeres y que debían ser corteses, pero el resto fue muy confuso.
No le bastó esa deficiente instrucción para enfrentarse a aquel vacío moral llamado Vietnam.
Se encontró que no era capaz de controlar a sus propios hombres ni de resistir la creciente presión de sus superiores para los recuentos de víctimas. El problema era que ni él ni sus hombres conseguían encontrar ningún Vietcong.
Calley había visto otras atrocidades: soldados norteamericanos que mataban a civiles para probar su puntería o sólo por divertirse. Había oído hablar de helicópteros aburridos que se alquilaban para realizar cacerías humanas, y de soldados aburridos que iban a "cazar ardillas" en zonas civiles. Había visto a soldados norteamericanos que se disparaban sin ninguna razón y sabía que se lanzaban granadas lacrimógenas en los dormitorios de los oficiales.
Pero, a pesar de toda esa violencia gratuita, Calley sabía que tenía una misión que cumplir. El gobierno de Estados Unidos le había enviado a Vietnam por una razón: él estaba allí para detener el comunismo. No sabía exactamente qué era el comunismo, sólo sabía que era algo malo.
"Yo veo a los comunistas de la misma forma que los sureños ven a los negros", dijo en una entrevista. "El haber matado a aquella gente en My Lai no me obsesiona en absoluto. No lo hice por el placer de matar. En realidad, no estábamos allí para matar seres humanos, sino para matar una ideología defendida por, no lo sé, piezas, bultos, trozos de carne. Yo no estaba en My Lai para destruir hombres inteligentes, estaba allí para destruir una idea intangible".
Incluso deseaba haber podido disparar contra la ideología sin tocar las cabezas de los hombres. Por otra parte, no era él quien en realidad lo hacía. "Yo personalmente no maté a ningún vietnamita aquel día, quiero decir personalmente. Estaba representando a los Estados Unidos de Norteamérica, mi país". Calley creía firmemente que debía poner el deber hacia su país por encima de su propia conciencia. Incluso le preocupaba que se mataran ancianos, mujeres y niños. El había oído que las mujeres arrojaban granadas, los niños colocaban las minas y las chicas llevaban AK-47. Además, cuando los niños crecían se convertían en Vietcong, como sus padres. ¿Y dónde estaban los hombres? ¿Una aldea llena de niños sin hombres? Sus padres debían ser Vietcong.
De cualquier modo, lo que él había hecho ¿era acaso peor que arrojarles bombas de 400 Kg o freírlos con napalm? También la bomba atómica había matado mujeres y niños en Hiroshima. ¿Por qué estaban armando tanto alboroto aquellos malditos yankees en Washington?
Como muchos militares norteamericanos, Calley finalmente dejó de creer en la guerra. Llegó a dudar del razonamiento de que se debía detener el comunismo en Vietnam antes de que se extendiera a Tailandia, Indonesia, Australia y, finalmente, Estados Unidos. El sabía que los Vietcong estaban conquistando el corazón y la mente de los vietnamitas. Los vietnamitas no querían la ayuda norteamericana, no les importaba la democracia, el totalitarismo, el capitalismo o el comunismo. Lo único que querían era que los dejaran en paz.
El juicio de Calley dividió al país en dos. Los que estaban a favor de la guerra decían que sólo había cumplido con su deber. Los que estaban en contra afirmaban que Calley no era más que un chivo expiatorio, puesto que masacres como la de My Lai ocurrían todos los días, y que eran Jonson, McNamara y Westmoreland quienes debían sentarse en el banquillo. El 80% de los encuestados estaban en contra de su condena.
El jurado salió de la sala el 16 de marzo de 1971, el día del tercer aniversario de la masacre de My Lai, y estuvo deliberando durante dos semanas. Lo declararon culpable de asesinato de un mínimo de 22 civiles. Fue sentenciado a cadena perpetua y trabajos forzados. Más tarde la pena se redujo a 20 y luego a 10 años. Finalmente, fue liberado el 19 de noviembre de 1974, después de cumplir sólo tres años y medio de arresto domiciliario.
Los cargos de asesinato premeditado y de ordenar una acción ilegal -homicidio- en contra de las órdenes de su superior, el capitán Ernest Medina, se redujeron a homicidio impremeditado por no haber sabido mantener bajo control a sus hombres. Como el jurado no creía que Medina estuviese realmente enterado de lo que estaban haciendo sus hombres en My Lai, no le llamaron a declarar.
Se presentaron cargos contra 12 oficiales y soldados más. Sólo cinco fueron llevados a juicio, ninguno fue condenado. Una docena de oficiales, entre los que se encontraba el comandante de la división de Calley, fueron acusados por su participación como encubridores. Ninguno fue declarado culpable.
Calley está convencido de que cumplió con su deber ante Dios y ante la patria; que fue un hombre fiable, leal, servicial, atento, amable, obediente, alegre, valiente, ahorrador, limpio y respetuoso.
Cuarenta años después, parecería que la cosa no ha cambiado tanto. Debía tener razón Einstein cuando decía: "No entiendo cómo algunos creen que haciendo las mismas cosas, se puedan esperar resultados distintos".

FUENTE: Agenda de Reflexión






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